Señales de alerta en la primera infancia
Resumen
La primera infancia es un periodo de enorme plasticidad cerebral, en el que las experiencias, los vínculos y la estimulación tienen un impacto decisivo en la evolución del niño o la niña.
¿Por qué es importante reconocer las señales de alerta?
Detectar señales de alerta en el desarrollo infantil durante los primeros seis años de vida es fundamental para identificar posibles dificultades y activar apoyos adecuados a tiempo. La primera infancia es un periodo de enorme plasticidad cerebral, en el que las experiencias, los vínculos y la estimulación tienen un impacto decisivo en la evolución del niño o la niña. Por ello, conocer qué indicadores pueden sugerir un trastorno del neurodesarrollo permite actuar con rapidez, evitando que pequeñas dificultades se conviertan en barreras más significativas.
Es importante recordar que estas señales no deben interpretarse como un diagnóstico, sino como indicadores que invitan a observar con más atención y a consultar con profesionales sanitarios. Cada niño o niña tiene su propio ritmo, pero cuando ciertas conductas o ausencias de habilidades se mantienen en el tiempo, es recomendable consultarlo con el/la pediatra.
Señales de alerta más frecuentes según la edad
Las señales de alerta pueden manifestarse de formas muy diversas y en momentos distintos del desarrollo. A continuación, se presentan agrupadas por tramos de edad para facilitar su identificación y comprensión, lo que permite a las familias situarse en el momento evolutivo de su hijo o hija y reconocer qué comportamientos pueden requerir una mayor atención.
De 0 a 12 meses: cuando las primeras interacciones no aparecen
El primer año de vida es un periodo de cambios rápidos y muy visibles. En estos meses, los bebés desarrollan habilidades motoras, comunicativas y sociales que sientan las bases de su desarrollo posterior. Por ello, cualquier desviación significativa puede ser un indicador importante.
Una de las primeras señales que puede llamar la atención es la ausencia de sonrisa social hacia los tres meses. La sonrisa es una de las primeras formas de comunicación y su ausencia puede indicar dificultades en la interacción social. También es relevante observar si el bebé no fija la mirada, evita el contacto ocular o parece no interesarse por los rostros de las personas que le rodean.
En el ámbito comunicativo, un balbuceo escaso o inexistente a partir de los seis meses puede ser un indicador de alerta. El balbuceo es una etapa previa al lenguaje y su ausencia puede estar relacionada con dificultades auditivas, comunicativas o del desarrollo. También puede llamar la atención que el bebé no emita sonidos variados, no responda a la voz de sus cuidadores o no muestre interés por los sonidos del entorno.
En esta etapa, la respuesta a estímulos auditivos es fundamental. Si el bebé no reacciona ante sonidos, no se sobresalta o no gira la cabeza hacia la voz de sus cuidadores, es importante comentarlo con el pediatra. La audición es clave para el desarrollo del lenguaje y cualquier sospecha debe valorarse cuanto antes.
A nivel motor, pueden observarse señales como la dificultad para mantener la cabeza erguida, la presencia de rigidez o flacidez muscular, movimientos asimétricos o una escasa iniciativa para girarse, rodar o explorar el entorno. La falta de interés por manipular objetos, la ausencia de sedestación hacia los nueve meses o la incapacidad para llevarse objetos a la boca también pueden ser indicadores relevantes.
De 12 a 24 meses: cuando el lenguaje y la exploración no avanzan
Entre el primer y el segundo año, el desarrollo comunicativo y motor se vuelve más evidente. En esta etapa, los niños y las niñas suelen mostrar una mayor intención comunicativa, explorar el entorno con más autonomía y comenzar a interactuar de forma más activa con las personas de su entorno.
Una señal importante es la ausencia del gesto de señalar, tanto para pedir como para mostrar. Este gesto, que suele aparecer entre los 12 y 15 meses, es un indicador clave de comunicación social. También puede resultar llamativo que el niño no utilice palabras con intención comunicativa, no imite gestos o acciones cotidianas o no comprenda instrucciones sencillas como “dame el juguete” o “ven aquí”.
En el ámbito motor, puede observarse que el niño no camina hacia los 18 meses, muestra torpeza llamativa o tiene dificultades para manipular objetos pequeños. La falta de interés por explorar, jugar o interactuar con el entorno también puede ser una señal de alerta. Algunos niños pueden preferir actividades muy repetitivas o mostrar poco interés por los juguetes.
A nivel emocional y social, pueden aparecer reacciones intensas ante cambios de rutina, escaso interés por compartir actividades o dificultades para anticipar situaciones cotidianas. Algunos niños pueden mostrar un juego repetitivo o centrado en acciones muy concretas, como abrir y cerrar objetos, observar ruedas o alinear juguetes.
De 2 a 4 años: cuando el lenguaje, el juego y la interacción no evolucionan
En esta etapa, el lenguaje debería evolucionar hacia combinaciones de palabras y frases simples. La ausencia de estas combinaciones, un lenguaje poco comprensible o un uso atípico del mismo —como ecolalias, entonación inusual o frases repetitivas— pueden ser señales de alerta. También puede observarse dificultad para comprender instrucciones más complejas o escasa iniciativa para comunicarse.
El juego simbólico, que suele aparecer de manera natural, puede estar ausente o ser muy limitado. Algunos niños pueden mostrar un juego repetitivo, centrado en alinear objetos, girarlos o fijarse en detalles concretos. La falta de interés por el juego compartido o la dificultad para relacionarse con iguales también pueden ser indicadores relevantes.
En cuanto al procesamiento sensorial, pueden aparecer respuestas exageradas a sonidos, luces o texturas, así como rechazo a ciertos alimentos o prendas. También es frecuente observar una búsqueda constante de estímulos sensoriales, como golpes, giros o presión.
A nivel motor, pueden persistir dificultades en la coordinación, la motricidad fina o la planificación de movimientos. Algunos niños pueden mostrar torpeza al correr, saltar o subir escaleras, o tener dificultades para realizar actividades que requieren precisión, como encajar piezas o dibujar trazos simples.
De 4 a 6 años: cuando las demandas aumentan y las dificultades se hacen más visibles
En esta etapa, las demandas sociales y cognitivas aumentan, lo que permite identificar señales más sutiles. Algunas de ellas incluyen dificultades para seguir rutinas o normas, problemas persistentes de atención o una marcada impulsividad. El lenguaje puede seguir siendo limitado o poco comprensible, y el niño puede tener dificultades para mantener conversaciones, comprender matices sociales o expresar emociones de manera adecuada.
En el ámbito motor, puede observarse torpeza significativa, dificultades para realizar actividades que requieren coordinación o problemas en la motricidad fina, como usar tijeras, dibujar formas simples o manipular objetos pequeños. También pueden aparecer dificultades en actividades que requieren planificación, como vestirse, recoger juguetes o seguir secuencias de pasos.
A nivel emocional, pueden presentarse reacciones intensas ante cambios, frustración frecuente o dificultades para regular las emociones. En el juego, puede persistir la falta de simbolización o la preferencia por actividades repetitivas, lo que puede limitar la interacción con otros niños.
¿Qué hacer si observas señales de alerta?
La presencia de una o varias señales no debe generar alarma, pero sí invita a consultar con profesionales sanitarios. El primer paso siempre debe ser acudir al pediatra de Atención Primaria, quien valorará la situación, realizará un seguimiento y, si lo considera necesario, derivará a servicios especializados.
El pediatra puede solicitar pruebas complementarias, activar la derivación a Atención Temprana, neuropediatría u otros recursos según las necesidades detectadas. La intervención temprana, cuando está indicada, ofrece apoyos adaptados a cada menor y su familia, pero siempre tras la valoración de los profesionales sanitarios correspondientes.
Conclusiones: observar, consultar y acompañar
Observar señales de alerta en el desarrollo infantil no significa anticipar un diagnóstico, sino abrir la puerta a la orientación y al acompañamiento. El pediatra de Atención Primaria es la figura clave para iniciar este proceso, valorar la situación y decidir si es necesario activar otros recursos. La detección temprana permite actuar con rapidez, reducir riesgos y potenciar las capacidades del niño o la niña.
Bibliografía
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